Telegraming

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Desde tiempos muy remotos se han utilizado diversos tipos de señales que permitían enviar determinado tipo de avisos, por ejemplo, la presencia del enemigo, a distancias relativamente largas, utilizando señales luminosas, de humo o sistemas de banderas. Sin embargo, estos sistemas se veían normalmente limitados a comunicar un único mensaje prefijado, o a lo sumo un conjunto muy reducido de comunicaciones. Durante muchos siglos la manera más rápida de enviar un mensaje de contenido libre era mediante un mensajero a caballo que, con un sistema de postas bien organizado, podía alcanzar velocidades de 150 o 200 kilómetros diarios.

El objetivo del telégrafo era conseguir enviar cualquier tipo de mensaje a larga distancia mediante un sistema de señales que permitiese superar las limitaciones que suponían el envío físico del mensaje en un soporte escrito.  Para ello, el mensaje se codificaba, es decir, se traducía a un sistema de signos prefijado, que se transmitían mediante un sistema de señales visible a largas distancias. Este sistema de señales se colocaba en unas torres, que repetían el mensaje hacia la siguiente torre; de este modo, cuando las condiciones de visibilidad lo permitían, el mensaje se podía enviar a varios cientos de kilómetros en solo dos o tres horas.

La primera red de telégrafo óptico entró en funcionamiento en Francia en 1794, en un trayecto de 230 kilómetros que unía las ciudades de Paris y Lille mediante 22 torres, utilizando un sistema desarrollado por Claude Chappe. En los siguientesaños se continuó desplegando una red que comunicaba las principales ciudades de Francia, que alcanzó una longitud total de 4.800 kilómetros mediante 556 torres, y que estuvo en servicio durante aproximadamente 50 años. Se encuentran varias referencias a este servicio telegráfico en la literatura, por ejemplo, en la novela “El Conde de Montecristo” de Alejandro Dumas el envío de una noticia falsa, mediante el soborno al operador de una torre del telégrafo con una renta vitalicia, provoca una caída de la bolsa de Paris.

Siguiendo el ejemplo de Francia, a lo largo del siglo XIX se construyeron redes similares. En España a lo largo de la primera mitad del siglo XIX se realizó el despliegue de algunas líneas de telégrafo óptico de dimensiones bastante reducidas, dedicadas a uso militar o a la comunicación de las distintas residencias de la familia real. Así, en 1798 se aprueba  el despliegue de una línea entre Madrid y Cádiz utilizando el sistema desarrollado por el Ingeniero Agustín de Betancourt; sin embargo, solo se llegó a construir la parte de la línea que comunicaba Madrid con Aranjuez. Pocos años después se construye una red de uso militar en la Bahía de Cádiz, que estuvo funcionando hasta 1820.

En la década de los 30 del siglo XIX aparecen algunas nuevas líneas de longitud también limitada, para comunicar Madrid con  las residencias habituales de la familia real, en Aranjuez (modificando la línea ya construida a principios de siglo), La Granja de San Ildefonso, El Palacio de Riofrío, Carabanchel y El Pardo. También en esta década, y para uso militar debido a la primera Guerra Carlista, se despliega un telégrafo óptico comunicando Pamplona, Logroño y Vitoria.

Pero el despliegue de una verdadera red telegráfica de alcance nacional no empieza hasta 1844, cuando se aprueba la Real Orden que da lugar al despliegue de una verdadera red de telegrafía, bajo la dirección de José María Mathé, entonces Coronel y que luego sería Brigadier, utilizando un sistema de su propia invención.

Se llegaron a construir tres líneas:

  • La llamada “línea de Castilla”, que comunicaba Madrid con Irún
  • La “línea de Barcelona”, que comunicaba Madrid con Valencia y de allí a Barcelona, incluyendo además dos ramales, uno a la ciudad de Cuenca y otro de Barcelona a La Junquera
  • La “línea de Andalucía”, desde Madrid a Cádiz

El objetivo de comunicar todas las capitales de provincia españolas no se llegó a cumplir nunca, ya que en 1855 se empieza a instalar en España el telégrafo eléctrico; este sistema tenia evidentes ventajas respecto al telégrafo óptico, al funcionar tanto de día como de noche y ser inmune a circunstancias climatológicas adversas, y propició el rápido abandono del sistema de telegrafía óptica, la última de cuyas torres dejó de prestar servicio en 1857, si bien con posterioridad se utilizaron algunas líneas de telegrafía óptica en Cataluña y Aragón en el contexto de las guerras carlistas.

La red de telegrafía de Mathé se componía de 196 torres, de las que se conservan abundantes restos en diverso estado de conservación, y que han sido catalogadas por Sebastián Olivé, cuya clasificación ha sido a su vez adoptada por algunos catálogos posteriores.

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